La muerte como destino y como símbolo

La muerte ha sido un tópico universal en la literatura y, hasta cierto punto, una certeza general en toda vida humana. La humanidad como conjunto es muy poderosa y fruto de sus capacidades han nacido invenciones increíbles que rompen todo lo que se creía posible en el pasado, pero eso no sucede con la muerte, porque a pesar de todo seguimos siendo humanos. La medicina logra que nuestra vida se prolongue, cuando antes la esperanza de vida era mucho menor, cuando antes una gripe era un signo de muerte probable. Eso ha cambiado, aunque la medicina no logre llegar siempre a todas las partes del mundo con la misma efectividad ni rapidez, pero la muerte como destino sigue siendo algo inevitable, y lo hemos aprendido. Pocas certezas tenemos las personas, salvo que tarde a temprano a todos nos llegará el momento.





Quizá estamos a acostumbrado a tratar la muerte con eufemismos, y eso es algo que puede resultar peligroso, sabiendo que es algo que tarde o temprano llegará, ver para otro lado no ayudará al momento de que cara a cara tengamos que enfrentarnos a sus restos.  La muerte es algo inevitable y eso, en esencia, no es algo malo, aunque sea motivo de angustia saber que nuestro destino final no podemos controlarlo, tener un final que supone el despojo de todo lo que nos conecta con el acto de ser (los sentidos) hace que los actos en la vida tengan una proyección mayor: no siempre vamos a tener tiempo. De ahí es que nace un ansia en muchos, la de ser recordado, el dejar huella en la memoria de las personas con honor o gloria. Es probable que esta hambre de espacio en la memoria de los demás termine siendo una necesidad normal, pero que no deja de ser independiente de nosotros, me gustaría enfatizar más que el que debe estar feliz con su vida es uno mismo, y quien debe honrar su vida es uno, no esperemos por los demás.

Esencialmente la muerte supone un fin, que es un gran motor para nuestra conducta en vida, y el significado de la misma es, mirando por fuera del humano solamente, necesaria. La muerte marca el término de la vida de un individuo, desde un árbol, un humano o una célula, y aunque pensamos que este punto final es algo malo, la muerte en sí misma puede ser un aliciente para desarrollar la vida, la muerte de algunos también es un desarrollo de otros, un renacimiento. 

Pero si nos referimos a los humanos y no a la muerte en general, las cosas a tener en cuenta cambian por varios factores. En primer lugar los humanos hemos alcanzado una capacidad destructiva que atenta con nuestra propia existencia como especie en muchas ocasiones, la muerte ha dejado de ser un destino biológico o patológico y ha pasado ha ser símbolo de guerra, de conflicto, de negligencia y despersonalización. A día de hoy la muerte son números en su pantalla, sabemos de las guerras y las muertes pero no las vemos, nosotros estamos en casa y pocas veces vemos la muerte cara a cara. Los métodos para matar dejaron de tener que involucrar directamente a otros, tenemos casos como las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial, las bombas nucleares o los drones de combate, por ejemplo. Y esta impersonalidad de la muerte y el asesinato se combina que algo que es justamente lo contrario, los humanos queremos, amamos, tenemos apego a los demás. Si combinamos esto nos damos cuenta que la muerte más cruel y más terrible es aquella que ocurre desde la negligencia, no desde la muerte en sí, sino desde el cómo, el quién y el por qué. El problema no es de la muerte, sino de lo accesible que se ha convertido, de quienes lideran a través de genocidios y asesinatos, y del contexto de esas muertes.

Al ser emocionales y querer, la muerte se convierte en sinónimo de despojo, y que nos quiten a alguien que queremos duele inevitablemente, pero hay veces donde es algo que puede subsanarse a través de la certeza de que cada momento al lado de la persona fue honrado y fue aprovechado, la certeza que el tiempo no fue malgastado; pero otras veces la muerte simplemente es desgarradora, desde el asesinato o el suicidio, por ejemplo. Casos en donde hay un sentimiento de injusticia en los que las vidas pudieron seguir, pero por varias causas no pasó. Sabemos que el pasado es inalterable, pero superar estos casos es una tarea ardua que debe estar acompañada de gran fuerza y cuidado en la salud mental, si queremos evitar esto, debemos replantearnos la manera en la que hemos construido la seguridad y la salud mental, hay que replantearse cómo nos movemos como sociedad, y qué hacemos con el poder que tenemos como integrante de esta. Ante toda cifra de la tasa de suicidios o asesinatos hay personas, familias, sentimientos y vidas, el amor a quienes vivieron y viven es lo que hace que no seamos solo una cifra más, no caigamos en lo impersonal, todo tiene un valor más allá de estadísticas o casos hipotéticos. 

De estas reflexiones viene el primer poema de este artículo, llamado "Funeral"


Funeral

Hay un dolor que abriga el aire del salón,
todos despiden al que se fue, y lloran,
pero, en cambio, las lágrimas quedan atrapadas
en el mundo terrenal,
mientras el alma se va. 

Hay un balcón que está mirando la escena,
y no le extrañan los llantos ni el dolor,
las siluetas negras ni las miradas,
ni el golpe de tierra que retumbará a lo lejos.
Ya todo le es familiar. 

Nosotros seguimos cabizbaja,
para el balcón no somos especiales, 
somos unos más,
pero son los abrazos que alguna vez
calentaron mi pecho y mis brazos,
los que nos harán saber 
que cada vida es única y cada muerte valiosa. 

Eso lo sé muy bien, y así lo honraré todo,
no necesito que ningún palco me crea
-Ignacio Burguez


El poema es una crítica a esa impersonalidad de la muerte como destino de todos, porque lo es, pero no por eso hay que tratarla como algo más, el acto de amar y llorar a otro es un acto de humanidad que no debe perderse. Aún así lo mejor es no quedarse empozados en la tristeza, por más desgarradora que sea le muerte, pues, al final del día, siempre hay formas de salir adelante, siempre hay formas de renacer.


En las pérdidas hay un sentimiento de ahogo, de angustia ante algo que sentimos injusto, a veces pareciera que no hay vida en realidad, pues ante todo está la muerte, pero como he dicho antes, la muerte también puede ser un aliciente para llegar a cosas buenas, para renacer de otros modos. Nunca es fácil superar esto, pero es posible.


Así como tenemos derecho a vivir dignamente, también existe un derecho a morir de forma digna. Enfermedades crónicas o terminales a veces prolongan el sufrimiento de las personas enfermas, los dejan en situaciones críticas donde el sentido biológico de vida está, pero las condiciones para preservar la vida imposibilitan tanto el desarrollo de la misma, y es ahí donde se prefieren métodos para eliminar la vida en pos de no prolongar el sufrimiento, ahí entra también una pregunta ¿eso es vida? Hay veces donde la muerte puede llegar a ser el fin del sufrimiento también.

Así llegamos al siguiente poema, también de mi autoría, llamado "Alientos fríos", que reflexiona sobre la muerte, sus antecedentes y sus consecuencias


Alientos fríos

No hay vida, está la muerte.
Quizá ya escrita o quizá de suerte,
todo el que vive sabe que dejara huella,
todo el que respira sabe que ella
ha encadenado hasta al más fuerte

No hay combate, hay cinismo,
esquive de lágrimas de sismo,
espectral velocista acechador,
pistas tristes sin otro ganador.
El no pensarlo en sí mismo.

Suponemos que hay algo más:
luz, respuestas, honras hacia atrás.
No queremos que nuestro suspiro asuma
que tras el despojo no hay ni una pluma.
Queremos bailar y escapar del jamás.

Pero no hay baile, hay quietud,
la carne es finitud,
el alma: tal vez un resto.
La incertidumbre de un abrazo frío y funesto,
el sagrado silencio del ataúd.

Vivimos en un océano que falleció,
pisamos lo que, antes,algún destello construyó.
Son las armas, la mente y las manos,
que tenemos el poder de, si lo deseamos,
condenar al abismo a alguien que también vivió.

Solo queda un oleaje,
artistas que pintan este paisaje,
uno efímero, pero puede que dure
más de lo que nuestro aire perdure
y navegarán los que sigan en el viaje

No hay armonía, hay caos,
la melancolica fugacidad de nuestros vahos
y el que era un desprecio a nuestro color
se vuelve hipócritamente dolor.
El azar de unos dados.

Nudos interminables, parece que no hay salida,
nudos interminables a una regla ya establecida,
amarga simplicidad, condena y enemiga.
Anhelo de que mi alma hoy piense y diga
no hay muerte, está la vida.
-Ignacio Burguez

La carne es finitud, ser vivo es ser finito y tener un momento final tarde o temprano. Podemos creer que hay más cosas allá pero lo único cierto es que vamos a morir. El final de la vida nos hace valorar la misma, y lo que quedará es lo que hicimos y lo que pueda perdurar mas allá de nosotros. Pero la muerte, aunque amarga, es interdependiente de la vida, y aunque el final pueda ser el despojo triste, podemos celebrar que antes de ella hubo vida, y mientras la hubo tuvo el valor que solo la vitalidad puede tener, antes de ella hubo alguien con un alma y una esencia, que con su vida pudo dejar cosas a la prosperidad y cambiar el rumbo de muchas cosas. Hay un poema de Emily Dickinson que retrata esto:


Si pudiera impedir
que un corazón se rompa
no habré vivido en vano.
Si pudiera calmar
el dolor de una vida,
o hacer más llevadera una tristeza.

O ayudar un débil petirrojo
a que vuelva a su nido,
no habré vivido en vano.
-Emily Dickinson

La muerte es un episodio en la vida de todos, es difícil enfrentarse a ella y al despojo de los seres queridos que ella trae, pero la muerte, ante todo, es un vestigio de la vida, y la vida es lo mas valioso que tenemos. No caigamos en lo impersonal, cada vida vale, y cada muerte es importante por sí misma. No es que haya muerte en vez de vida, es que no hay muerte, antes está la vida.

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